El hombre moderno

El hombre moderno despierta en medio de un sueño y lo olvida. Le abre los ojos todos los días la misma canción. Se dice a sí mismo que antes de dormir elegirá una canción nueva, pero cuando llega a la cama se le cierran los ojos de agotamiento.

El hombre moderno quiere disfrutar la vida, pero ha olvidado cómo. No lo pregunta. Preguntar es vergüenza e inmadurez. Por eso va a la tienda y compra el primer paquete rotulado con algún signo de alegría.

El hombre moderno está siempre rodeado de gente y se ríe, porque reír está bien. Saluda a todos y les pregunta “¿cómo estás?”. A veces le responden “¿cómo estás?”. Otras veces el hombre moderno dice “Hola” y le responden “Bien, ¿y tú?”. El hombre moderno tiene unas formas muy curiosas de expresarse.

El hombre moderno se pone cabizbajo porque tienen muchos amigos y todos son interesantes. Él también quiere ser interesante como ellos y deja palabras por ahí, en las calles azules, esperando una prueba de que alguien las lee. Si se lo dicen, sonríe; otras veces, espera.

El hombre moderno sonríe a la cámara, porque alguien lo va a ver. Está seguro de que alguien lo va a ver y le va a sonreír. El mismo hombre moderno sabe que él mismo se va a ver y querrá recordar (o imaginar) que estuvo feliz. Porque estar feliz siempre es bueno.

El hombre moderno estudia muchas cosas importantes que no le son importantes. Lo importante vendrá después. El hombre moderno trabaja y a veces eso no le gusta. Pero eso no importa, lo importante viene después. El hombre moderno se cansa y no recuerda muy bien lo que era importante.

El hombre moderno tiene ganas de fotografiar el viento, de quitarse los zapatos y de conversar con el pasajero de al lado; pero no puede, porque hay algo que hacer, siempre hay algo que hacer. Pone la música fuerte, no vaya a ser que alguien escuche sus pensamientos.

El hombre moderno se mete a la cama y se pone en posición fetal mirando a la pared. No sabe que quiere volver al principio, ir más lento y detenerse a escuchar un río que no sea de personas, de palabras, de imágenes coloridas. No, el hombre moderno quiere un río de agua fresca, fría y que se le escurra por entremedio de los dedos. Agua de verdad, transparente, sin colores ni otras mentiras.

El hombre moderno escribe poemas que no le muestra a nadie.

El hombre moderno hace caras frente al espejo.

El hombre moderno se toca por debajo de las sábanas.

El hombre moderno tiene miedo a la oscuridad, pero también le tiene miedo a la luz,

Al hombre moderno le cuesta dormir porque piensa muchas cosas.

En ese momento recuerda que está triste.

Porque el hombre moderno ama a una mujer antigua.

A veces

A veces miro al cielo

esperando que de golpe

las estrellas se pongan a correr.

Miro expectante esperando enterarme

de alguna mentira astral,

de alguna conspiración cansada.

A veces camino mirando el suelo

intentando distinguir alguna grieta

por la que se vea otro mundo distinto.

A veces voy perdido entre la gente

buscando un par de ojos que me alcancen,

y me digan que hay una puerta bajo una nube.

A veces espero que se corte una cuerda y se caiga la luna.

A veces imagino

que se acaba el mar.

Tengo una biblioteca

llena de piedras,

un escritorio

perfectamente quieto,

los colores ordenados

por las letras del alfabeto,

tengo todas las explicaciones,

las ventanas cerradas

y la estufa encendida.

Y las estrellas no se mueven,

y la luna no se cae,

y por las grietas en el suelo sólo se distingue tierra y concreto.

Por eso,

a veces me siento en un rincón

y escribo las cosas que imagino.

La última musa

Oigo el gemir de las ciudades

De sus grietas respiro una niebla espesa

Pequeños sonidos vueltos cristal

recuerdan algarabías de antaño

 

Siento el crujir

de la corteza del mundo

Voces de óxido

piden perdones con desgana

Farolas viejas

parpadean como venganzas

 

Una flor

se asoma entre trozos de asfalto

Tus manos gentiles

dispuestas en singular medialuna

la recogen

y la plantan en tu pecho

Voces

Como el murmullo que hace la primera hoja del otoño en caer

cae la primera voz

Como el sonido del primer relámpago de una tormenta en alta mar llega a la orilla

llega la segunda voz

Como un vagabundo de piernas cortadas que pide limosna en una calle atestada de gente

se arrastra la tercera voz

Como el rechinar de dientes del príncipe al que se le niega el reino en herencia

se asoma la cuarta voz

 

Y siguen llegando

Y se arrastran

Y murmuran

 

Voces disonantes que se extienden desde todas direcciones

Llegan entre la madera, por las ventanas, por debajo de las puertas

 

Una a una proponen

Una a una injurian

Una a una ofrecen

Una a una susurran

Tentadoras, irrisorias, lastimeras

Fugaces, chillonas, altivas

Mil voces que envuelven

acarician, muerden, desean, ríen, juzgan…

 

Como el sonido de infinitas gotas al caer da origen al sonido de la lluvia,

así cada voz va perdiendo su identidad

Unas gritan, otras enmudecen

Unas preguntan, otras responden

Se nubla el oído

Se diluyen los conceptos

La mente se triza como un leño crepitante

Las voces se tornan en colores y nublan la vista

Olores que confunden el olfato

Manos que desgarran la piel

Cada una busca alzarse sobre las otras

Hambrientas, sedientas, furiosas, desesperadas

 

‘Hay una voz que es la tuya’

En un instante se oye una frase perfecta

que las opaca a todas

Proferida por una voz limpia y suave

que se pierde al momento siguiente entre el torbellino de ruidos

 

¿De dónde vienes?

El ruido no da pistas

¿Dónde estás?

Las voces se separan

Un grito, una plegaria, un gemido, un ronquido

La voz de aquella sentencia no aparece

Pero una a una las voces se desvanecen

El rugir se torna un murmullo

Un suspiro, un improperio, un canto

Una a una callan las voces

Cada una muere al ser reconocida

 

La voz que habló no aparece

¿Qué voz era aquella?

¡Háblame otra vez!

Las voces van muriendo una a una

hasta que sólo queda un rumor

 

¿Cuál es mi voz?

 

Entonces se queda solamente el silencio para dar una respuesta.

Hielo

Morí en la era del hielo.

Morí ahí mismo donde murieron todos los otros.

Azotado por los martillos monótonos y el hedor de desear espejos, fui asesinado.

Bajo el golpe brutal de las gigantografías con tu cara, que también es la cara de él, de ella y mía.

Asfixiado por la cáscara de seda,

por la velocidad y el cristal polarizado,

estrangulado por mis manos que ya no eran mis manos.

Caí derrotado así como caían todos,

con las manos estiradas hacia adelante,

con los pies atados por cadenas de oro,

y la saliva cayendo a chorros de hambre infinita.

 

Los muertos se amontonaron a mi alrededor.

Los que agonizaban pasaban sobre ellos pisándolos.

Un cadáver se comió a otro, y luego éste fue devorado por unos cuántos más.

Yo yacía ahí entre ellos, muerto, pero mirando.

Morí con los ojos abiertos, condenados al paisaje.

Escuchando los gritos de sus caras sonrientes,

contemplando su baile agonizante y su mirada perdida.

 

Sentí un crepitar de fogata, a lo lejos.

Me arrastré, congelándome, empezando a sentir mi propio olor a muerte.

El suelo se empezó a volver de fango y amenazaba con devorar los cuerpos que yacíamos ahí tirados.

Criaturas esbeltas se acercaron con palas y empezaron a cubrir de tierra los muertos que me rodeaban mientras sonreían.

Me seguí arrastrando, con los ojos implorando por fragmentos de luz ante la noche sin estrellas que se asomaba.

Sentí el fuego aún más cerca.

Me arrastré y los vi.

Criaturas famélicas cubiertas de hielo mirando una llamarada de concreto, mientras la voz del fuego se repetía en un disco que no paraba de girar.

Con las pupilas dilatadas y una sonrisa rígida contemplaban a su dios de piedra.

Mi pecho se empezó a derretir.

Mis manos y mis pies se empezaron a quebrar.

El hielo me empezó a cubrir.

Mis ojos se cerraron de asco y me convertí en otra estatua de hielo.

 

Me sumergí en la tiniebla absoluta.

Mi piel se había ido.

Me sentía como una esencia de líquidos volátiles flotando en el viento.

Oí voces que eran muchas y eran una, y que me llamaban.

Venían de todos lados y bailaban a mi alrededor.

Hablaban en lenguas extrañas, como voces de río o como nacimiento de estrellas.

Me empecé a sentir rodeado de calidez.

Me volvía pequeño.

Sentía las voces alejándose.

Me llamaban.

La calidez era placentera.

Sentía que podía haberme quedado ahí por la eternidad.

Pero las voces me llamaban y se alejaban.

Yo quería oír las preguntas que me hacían esas voces.

Mi voz se alzó llamándolas.

La calidez desapareció.

 

Y entonces el hielo se rompió y ahí estaba yo, acostado contra el suelo de piedra.

La luz me hizo arder los párpados y pude sentir la tibieza real del sol sobre mi piel descubierta.

Sentí cómo la sangre se volvía a poner en marcha en mi cuerpo hasta ahora inerte.

Con un crujir de cristales, mi pecho se empieza a llenar.

Mis labios se abrieron trémulos pronunciando un vapor helado.

Contemplé mis manos.

Estaban vacías.

Contemplé mi cuerpo.

Estaba desnudo.

Me puse de pie sintiendo el suelo húmedo por el hielo derretido.

El aire matutino entraba por mi nariz y volvía a salir tibio, al compás de un corazón aprendiendo a latir.

Vi siluetas que se movían en la lejanía del horizonte.

Me hicieron señas.

Quise conocer a esas siluetas y oír su voz.

Empecé a avanzar.

 

Ahora aquí estoy.

Caminando.

Mar de Constitución

Incansable canto esmeralda

de voz ancestral y lenguajes olvidados

Intérprete del viento

Musa de los pobres

Tormento silencioso de los viejos metales del puerto

Desafío latente a los pies descuidados

Te ofreces con cortesía para bañar al cuerpo joven con tu agua fría

Luego lo espantas con tus voces hostiles y discutes con los valientes

¿Qué buscas con tu personalidad serpenteante?

¿Cuál es la respuesta que esperas escuchar de los árboles a los que llamas?

¿Qué planes tramas en tu diálogo con las rocas?

Conocemos la fuerza de tu voz

pero no hablamos tu idioma

Aún así te buscamos

Habiendo visto las bestias que escondes

Aún así te desafiamos con el pelo al viento y los pies en la arena

A ti, como espejo del sol

A ti, con tu espesura de sopa de abuela

A ti, con tus regalos forzados que alimentan el mercado

A ti, confidente de la luna y compañero de baile de los botes

Te desafiamos a descifrarnos tu lenguaje, padre de estas costas

A ti y a tus aguas que se resisten a ser escritas

Ojoentinta

La sangre es tinta buena
Para escribir muertes malas.
Los vendados
Los que se bañaron en plomo
Los que llenaron los estadios cuando no jugaba la selección
Convertidos en viento
Sacuden banderas rojas con negro
Nos traen las nubes y nos esconden las estrellas
Como les quitaron las estrellas a ellos
Los mismos que se echaron las estrellas al hombro
Un, dos
Un, dos
Grita el viento
Un, dos
Un, dos
¡Apúrate, vieja de mierda!
Culatazo
Patada
Escupo
Un, dos
Un, dos
Se tropieza un sueño
¡Paf! Un balazo
Un, dos
Un, dos
¡Atención!
Por decreto del supremo gobernante, el fusil, se declara que todos serán protegidos de la libertad, del futuro, de las palabras
Todo por el bien de la amada patria
Todo por el futuro de la nación
Una marea roja es detenida con otra marea aún más roja
Una bolsa con pan tirada en la calle no llegará a la mesa
Una sinfonía de gritos nace de los que aún tienen voz
¡Sácate la ropa!
Capucha en la cara
Ruido de motor
Chirriar de rejas
Familias desvanecidas
¿Cuando el papá vuelva, jugaremos?
Le mostraré el ABC que me enseña la escuela
Amordazado
Bastardo
Comunista
Dios
¿Estás?
¡Fuego!
Gritos
“Pero tú no lo viviste” grita un envase en la vitrina
¿Que no lo viví?
¿Acaso tú no lo vives cuando el olor a sangre coagulada se te mete en la nariz?
¿Acaso tú no lo vives esta noche cuando caen ráfagas de gotas sobre la tierra, esa misma tierra a la que los condenaron, haciendo el mismo ruido que los condenó?
“Es mejor olvidar” dices con tu sonrisa de plástico
Olvidemos entonces
Olvidemos el lamento de las bestias de carne
Olvidemos que la patria se hizo patio de juegos de los economistas
Olvidemos los uniformes que rasgaban vestidos
Olvidemos la educación
Olvidemos el trabajo
Olvidemos la constitución
Vayamos a celebrar al mall, ese mismo, ahí, sobre el mar de cadáveres
No se puede olvidar
¡No se puede olvidar!
Porque la sangre es la mejor tinta para escribir la muerte
¿Sienten el olor de la historia?