Mañana

Ana está sentada al otro lado de la mesa y yo la miro. Habla de algún tema que no alcanzo a oír con la tipa que está sentada al lado. Noto que ella no le presta mucha atención porque mira distraída alrededor, pero Ana sigue hablando tan feliz como si hablara del único tema digno de atención en el mundo. Le digo algo que ni yo mismo escucho, pero ella no lo nota. Un tipo sentado a mi lado me pone la mano en el hombro y me hace una broma, toma mi vaso y lo llena de cerveza. ¡Salud! Bebemos todo de un trago luego de hacer chocar nuestros vasos de vidrio. Miro a Ana otra vez, pero ella se ha puesto de pie y camina hasta perderse tras un pasillo. Siento que dos manos se apoyan en mi espalda y una lengua recorre el contorno de mi oreja. A Ana se le quedó el teléfono en la mesa, quiero llevárselo, pero las manos que se posaron en mi espalda se suben a mis hombros y me empujan hacia abajo. Ana, tu teléfono…

-Ana, tu teléfono…

Estoy en una habitación desconocida, cubierto improvisadamente con una frazada y con mi espalda pegada a una pared fría que no son las manos que recién me sujetaban. Cierro los ojos con fuerza intentando buscar a Ana a través del pasillo, pero no me muevo de esta habitación. Mis piernas se contraen por el frío que sube por mis pies descubiertos y mis rodillas se encuentran con otro ser casi tan frío como la pared. Me froto la cara con una mano y por primera vez pongo atención a la mujer que duerme mostrándome la espalda descubierta. Sólo viste un calzón rosado que se me hace extrañamente familiar. Me acerco con la boca buscando su nuca y me detengo unos centímetros antes buscando el teléfono para entregárselo a Ana. No hay ningún teléfono a mi alrededor, estoy en ropa interior y Ana no está… Me apoyo sobre el codo intentando verle la cara a la mujer y así confirmo que ella no es Ana. Miro otra vez a mi alrededor intentando buscar algo familiar, alguna pista que me diga qué pasa. Lo único que veo son mis pantalones en el suelo a lo lejos, mi cinturón en otra esquina de la habitación y mi billetera en una silla al lado de la cama. Me siento y algo parece sacudirse en mi estómago. Creo que es la cerveza de anoche. ¿Anoche? Sí, anoche. Algo empieza a moverse en mi cabeza. Un grupo de gente riéndose, bebiendo, marchándose. Yo, caminando en líneas impredecibles, me dejo caer en una silla al lado de un grupo y la saludo a ella, una completa desconocida. Recuerdo que su voz me agradó. Le miro la boca ahora y parece que no hay signos de que esa voz vaya a salir.

Todo en esta habitación parece estar inerte, seco, helado. Es como si el tiempo hubiera sido succionado de todo e incluso amenazara con abandonarme a mi, porque mi garganta parece estarse petrificando. Me preocupa este sentimiento de frío de piel, de frío en la sangre, de frío en la boca, así que pongo a un lado la frazada que me cubre y de rodillas trato de pasar por encima de la mujer. No parece notar mi presencia ni el aire que le llega por la espalda. Aún así, la cubro con la frazada. Nada, ningún movimiento. Siento el frío del piso meterse por mis huesos en el momento en que mis pies tocan el suelo y busco entre el enredo de ropa mis calcetines. Ahí están, tirados sobre su tocador. Al tomarlos, me enfrento a mi imagen en el espejo. Tengo los ojos enrojecidos y unas pequeñas marcas de irritación en el cuello. Me parezco falso, artificial, como si mi imagen hubiera sido dejada caer al azar sobre aquel paisaje. Recojo las prendas de mi ropa que estaban tiradas por todos lados, incluso las que estaban enredadas con la ropa de ella, y me visto. Termino de abrocharme la camisa, meto la billetera en el bolsillo de mi pantalón y al sentir su tamaño familiar me llena una sensación de entereza, de completitud. Soy un único cuerpo, soy un único lugar, y no estoy frío como todo aquí.

Antes de salir por la puerta de su habitación le miro la cara. Se me vienen a la mente los gestos que hacía mientras teníamos sexo. Los ángulos de sus ojos, los movimientos de sus manos, las curvas dibujadas por el vaivén de sus caderas. Aquella imagen tan llena de vida me preocupa. Siento que en cualquier momento puede despertar y llenarse de esa misma vitalidad y volver a poner el tiempo en movimiento. Debo salir. Yo no pertenezco a este tiempo ni a este espacio. En la sala de estar recojo mi chaqueta. Hay una cerveza sin abrir sobre la mesa. Mis manos se detienen antes de tocar la lata. Algo se mueve. Bajo el piso, en las paredes, sobre el techo, por entremedio de las cortinas. Hay algo a punto de caerse, de desencadenar sonidos como el agua que se quiere escurrir de una represa. Con unos pasos rápidos llego a la puerta.

Giro la manilla.

Abro.

Salgo.

La luz del sol me hace cerrar los ojos y cubrirme la cara.

Algo se mueve dentro de mí. Desde mi estómago se levanta un eructo que contengo en la boca cerrando los labios. Expulso el aire y respiro nuevamente la cerveza de anoche. De pronto, empiezo a sentir el olor que me cubre la ropa y la piel. Cigarro, alcohol, perfume. Me invade una ligera náusea y un escalofrío en los brazos. Me acomodo la chaqueta y camino hacia cualquier lugar, echando otra vez el tiempo a correr.

Creo que ella pronto va a despertar.

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