El último día de las vacaciones en la Luna

Hace días que se venía acercando el final del paseo. Si la decisión fuera suya, se quedarían otro par de meses en el centro de recreación lunar. Pero eran estrictos con las fechas y su pasaje no podía ser cambiado. Además, los niños se empezaban a aburrir y eso era la verdadera causa de su pesar. Si seguían más tiempo ahí, sus hijos se darían cuenta de lo aburrido que era como padre y eso lo aterraba.

Los dos pequeños correteaban por la plaza bajo el domo de cristal que a través de sofisticadas luces de colores buscaba transformar la profundidad de esa noche eterna y fría en un atardecer similar a los que se dibujaban usualmente en la atmósfera de la Tierra. Él los miraba sentado en una de las bancas de la plaza, medio perdido en las imágenes de antaño sobre ese mismo lugar y pensando en lo distinto que era para sus hijos el venir aquí. Él había vivido el cambio de siglo, cuando todos aquellos soñadores pudieron instalarse ya civilizadamente sobre el satélite. Le tocó ver las primeras cúpulas con pseudogravedad que permitieron el nacimiento de aquellas pequeñas ciudades y soñaba con ojos vidriosos con la posibilidad de llegar allí algún día. “Tocar las estrellas” pensaba cuando niño. “Tantas estrellas que saludar y uno en este planeta tan pequeño”. La Luna era el primer paso para recorrer el resto del cielo y el solo hecho de imaginarse ante el firmamento desnudo hacía que se le pusieran los pelos de punta. Pero para los niños no parecía valer lo mismo. Alia y Veler habían nacido cuando los viajes a la Luna eran un hecho y se hablaba de ellos con la ligereza de un paseo a la cordillera o a la playa. Incluso se los tenía en menor estima que los viajes dentro del planeta. A fin de cuentas, ¿qué había en la Luna que no había en la Tierra? A muchos les parecía que nada y que incluso era un desperdicio de energía el viajar tanto por la misma comodidad de su casa. Pero habían algunos como él que se sentían más cerca de una verdad oculta, de una revelación, simplemente por haber dado el primer paso hacia afuera del planeta. Volver implicaba retroceder al casillero inicial y esconderse otra vez de aquel amor inexplicable por el cielo. Veler corría tras Alia, a quien se le sacudían los cabellos como resortes. Reían, saltaban, giraban, bailaban. Todo de la misma forma que en la Tierra. Aquel astro de plata no hacía ninguna diferencia para ellos más que la de estar lejos de la escuela y de la mamá. Luego de un rato vinieron a decirle que tenían hambre. Mucha gente le había dicho que tenían sus mismos ojos y este pensamiento lo entristeció porque, por muy parecidos que fueran sus ojos, veían la vida de maneras distintas. Los llevó a comer y los dejó durmiendo para salir a dar un último paseo antes de marcharse a primera hora del día siguiente. En la calle las luces se apagaron para dar así el lugar a las estrellas y traer con ellas la noche. Caminó bajo ella con las manos en los bolsillos.

Al día siguiente ya estaban en la nave de regreso. Estaba más resignado al hecho de volver y ahora buscaba a los niños por un pasillo pensando en el momento en que debía dejarlos en la casa de su madre. Cuando los encontró, se llevó una sorpresa. Estaban los dos detenidos frente a una ventana. Veler apuntaba a la Luna con el índice y Alia hacía como que la sujetaba con los dedos. Ambos reían jugando a que la Luna cabía en sus manos. En ese momento pensó que quizás de verdad tenían sus ojos. Quizás algún día ellos querrían viajar más lejos. Quizás.

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