Cuento del taller: Continuidad

Ayer, viernes 6 de Junio, se acababa el taller de literatura. Con eso, les dejo el último cuento que escribí para la ocasión cuyo tema era “el final”. El jueves 12 de Junio estaremos con los miembros del taller y de los otros talleres del Centro Cultural de la Municipalidad leyendo uno de nuestros escritos a las 19:00 hrs. en el Centro de Extensión de la Universidad Católica del Maule.

Continuidad

“El tiempo es una criatura terrible” pensaba. Por mucho que hubiera intentado conseguir una vida tranquila, casi inerte, siempre había algo que se oponía a la inmovilidad. Por muy silencioso que se volviera el mundo, se oía un rumor constante como de engranes, como de pasos, como de murmullos. Había una tensión permanente en la vida que se rebelaba contra su voluntaria soledad.

La tendencia al cambio se hacía notar en todo el universo. A veces tan lento, que era imperceptible a los sentidos despreocupados. Pero estaba siempre presente, especialmente en esta noche. En una humanidad que siempre busca la estabilidad y el control, la naturaleza siempre tendía sus jugarretas. Así fue como apareció una enfermedad nueva, extraña, que provocaba una muerte sencilla e indolora. No se había descubierto una cura. Lo único que se podía predecir, era el momento final. Desde el día en que fue diagnosticado estaba esperando esta noche como si pudiera sentir a la muerte sujetando la guadaña sobre su cuello esperando la hora indicada. Sin ningún rencor contra su verdugo metafísico, disfrutaba una copa de vino frente a los leños crepitantes de la estufa de su casa de campo.

La casa que alguna vez fue el lugar de vacaciones de la familia, hace algunos años se había convertido en su vivienda permanente. Luego de que su familia se rompió, decidió irse a vivir ahí y abandonar el mundo que comenzó a despreciar. Un matrimonio que se desgastó y se transformó en griteríos constantes, un hijo con el que jamás se entendió, todos se terminaron por alejar de aquel viejo de facciones duras y aspecto huraño. Y él se quedó ahí, lejos de todo, sumergido en recuerdos de tiempos mejores y desgastándose en la idea de que todo se acaba y se olvida. Entre libros y algunos cuadros, intentaba pasar sus últimos días que ahora tenían fecha límite.

Estaba vuelto casi de piedra, contemplando el fuego, cuando se oyó un golpe en la puerta. Dentro del silencio que habitualmente envolvía el lugar eso podría considerarse una experiencia casi onírica. Necesitó oír un segundo golpe para confirmar que de verdad estuviera pasando. Se puso de pie, con calma y partió a abrir la puerta. Grande fue la sorpresa al encontrar frente a él al hijo que no veía hace años acompañado por su esposa y una niña pequeña que debía ser su hija. Extrañado, los hizo pasar y se excusó por no tener mucho que ofrecerles. Cuando ya se hubieron sentado, el hijo rompió el silencio. Él estaba consciente de que su lazo familiar se había quebrado hace mucho tiempo atrás y ya se había hecho la idea de vivir con eso, pero la pequeña no paraba de insistir con que quería conocer a su abuelo y le prometieron traerla. Si tenía algún problema con que estuvieran ahí, se podían marchar en ese mismo instante pero se lamentaba porque la niña no quedaría satisfecha. En cualquier otra ocasión, él no hubiera aceptado tal intromisión en su quietud sagrada. Pero dada la circunstancia, poco importaría todo al día siguiente. Así fue como la pareja pasó a acomodarse y se quedó en una habitación, mientras la niña miraba temerosa a su recién descubierto abuelo. Él se había vuelto a sentar frente al fuego, pero no pudo evitar poner la mirada en esos ojos brillantes que se fijaban en él. ¿Qué miraba? ¿Tenía acaso algo en la cara? La niña le sonrió y corrió a esconderse tras un sillón. Él la miró extrañado. Generalmente la gente huía ante el aspecto duro de su cara, pero esta vez era diferente. Ella se asomaba por detrás del sillón y le sonreía para luego esconderse. ¿Qué era esa criatura pequeña que le sonreía? ¿De qué libro de cuentos se escapó? En un momento no pudo evitar sonreír de vuelta. Con eso la niña se acercó más y empezó a caminar por la sala. Se acercó a un cuadro y le preguntó qué lugar era. Hacía mucho tiempo que no se fijaba en ese cuadro. Era una pintura de su pueblo natal hecha por un amigo de hace años. Al contemplarlo, se rompió una pared de hielo en su cabeza que bloqueaba su vínculo con los tiempos lejanos. Movido por un golpe de nostalgia empezó a contarle historias de aquel lugar y de sus recuerdos de otros tiempos. Así fueron dando vueltas mientras él iba respondiendo todas sus preguntas. Ya se empezaba a encariñar con la niña, cuando apareció el padre y la llamó a dormir a la habitación. Ella se despidió con una reverencia cordial y partió corriendo. El padre se despidió con un gesto de cabeza y se marchó tras ella.

Así se acabó el pequeño paréntesis en su vida que había sido esa visita. Al día siguiente ya nada sería relevante y todo se sumergiría en un silencio absoluto. Ya había asumido el desenlace de la historia y lo esperaría con calma. Pero ahora no podía. Algo lo inquietaba.

No podía ser así. No podía terminar así. Había algo más. No se podía acabar todo. El silencio acabaría con el mundo si no lo evitaba. Había una razón para moverse, para caminar, reír, hablar, escuchar, vivir. No comprendía qué clase de razón podía ser esta, pero estaba ahí, palpitando, y, cualquiera que fuese esa razón, sentía que vivía dentro de ella. Fue al estudio y encendió la lámpara. Sacó su libreta de notas y preparó su pluma. Empezó a escribir, rápido, sintiendo que a cada movimiento del reloj crujía el mundo y que a cada respiro que daba se resquebrajaban las paredes. Le escribió una carta intentando contarle de todo. Su vida de hace años, la vida con la familia, lo que había aprendido durante todos estos años de exilio premeditado. Todo, todo convergía en una advertencia. Un llamado al llanto y la risa estridente. La invitaba al amor intenso y sin premeditación, a correr bajo la lluvia y a oler hasta la última de las flores, a leer bajo un árbol y a gritar desde una azotea. Le advertía que el mundo se movía y no la iba a esperar por siempre, que la intentarían hacer callar, que le dirían que no apoye los codos en la mesa, que le dirían que trate a los mayores de “usted” y que no se saliera de la línea al escribir. Todo eso debía romperse, le decía. Ninguna voz sobre la tierra debía alzarse ante los deseos de su pecho siempre infantil y verdaderamente despierto.

Cuando terminó de escribir, se sentía estremecido. Hacía mucho que no se le agitaba el pecho de esa forma. Se sentía vivo, capaz de subir una montaña al trote. Pero la noche estaba avanzando y esperaba que su historia se acabara dentro de un sueño. Metió la carta en un sobre y la escondió en un libro preciso con la intención de que ella la leyera cuando creciera un poco más.

Ya con el ánimo un poco más quieto, volvió a su habitación. La casa se sumergió otra vez en el silencio que solo se interrumpía por el eco del reloj.

Tic.

Toc.

Tic.

Toc.

Tic…

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2 comentarios en “Cuento del taller: Continuidad

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