Cuento del taller: Bloqueo Literario

Para el viernes pasado, el tema a escribir era “el gesto”. Pensé en buscar un gesto que tuviera cierto significado histórico y atemporal y en lo primero que pensé fue en el gesto con el pulgar con el que se quitaba o perdonaba la vida a los antiguos gladiadores, pero no se me ocurrió ninguna historia. Luego se me ocurrió un gesto que rebosa de universalidad: el levantar el dedo del medio. Según este artículo, es un gesto que ya se utilizó por los antiguos griegos. Teniendo ese gesto en mente, me senté a escribir y me dio un bloqueo terrible el jueves pasadas las dos de la mañana. En un momento en el que el cerebro ya se me salía, decidí usar el bloqueo y ese gesto como motivos principales de una historia y resultó esto.

Bloqueo Literario

La habitación parecía un campo de batalla. A irregulares intervalos de tiempo se escuchaba el metralleo de dedos sobre una máquina de escribir. Cadáveres y cadáveres de papel se iban amontonando sobre el suelo. Su editor había sido claro: si tenía el final de la novela listo antes de esta semana, le pagarían antes de terminar el mes, lo que implicaría que tendría dinero suficiente para pagar un par de meses de arriendo de los que tenía atrasados. La arrendataria, una señora anciana y cascarrabias también había sido clara: o empezaba a pagar antes de que terminara el mes o se iba con lo que tenía puesto (no tenía mucho además de eso, recuerden que el tipo vivía de escritor). Ya dos personas habían sido claras en algo: debía terminar el capítulo final pronto. La tarea no era sencilla, pues las ideas se le iban como si estuviera intentando tomar sopa con un cuchillo. Veía ante sí un conjunto denso de posibilidades que se contoneaban frente a él, pero no era capaz de coger ninguna de la forma que necesitaba. ¿Matar al protagonista? Le encantaba matar al protagonista, pero sabía que era un recurso que había sobreexplotado. ¿Un final abierto? No, no, no. No se arriesgaría a que le dijeran otra vez que usaba recursos como ese para huir de una historia de calidad (su editor no era la persona más dulce sobre la tierra). Otros cuántos papeles muertos cayeron al suelo, cada uno con una fórmula narrativa que no le había servido. Ya los dedos se le empezaban a agarrotar de tanto golpear la máquina de escribir. Sí, usaba una máquina de escribir. Se escudaba en el hecho de que quería parecerse al viejo Bradbury y honrar su forma de trabajo al usar su método, pero la verdad es que tuvo que vender su computador personal para sobrevivir un par de meses. Se pueden comprar muchas sopas instantáneas vendiendo un computador a una tía inocente. Otro papel muerto. Tomó un cigarro y miró el papel que tenía en la mano. Frustrado, lanzó el cigarro aún sin encender en vez del papel. Se sintió estúpido al contemplar lo que había hecho. Su cabeza ya no estaba funcionando bien. Necesitaba un baño caliente. Con la esperanza de que la señora no le hubiera cortado el gas (a veces lo hacía por pura maldad) se desvistió en el camino y se puso a llenar la tina. El agua caliente siempre servía para soltar las ideas y así fue. En medio de su baño llegó la epifanía. El final que creía perfecto se mostró tan claro como si ya hubiera estado escrito de antemano. Se paró del agua, se envolvió con la toalla y partió a sentarse frente a la máquina. Raudos, sus dedos azotaron el papel. Palabras precisas, una historia fluida hacían vislumbrar un final sorprendente. Y entonces, de repente… nada. Bloqueo. Debería haber un concepto para definir el estado contrario a la epifanía. Un agujero negro que devoraba historias. Nada, nada, nada. La sangre le empezó a hervir. Volvió su parpadeo en el ojo. Le temblaba el labio. La frustración le hizo tomar la hoja escrita a medias y lanzarla con rabia contra la pared. Cada maldición que conocía se descargó contra el papel y mientras profería sus gritos lo hizo. El gesto ya conocido por los griegos hace más de dos mil años, tan universal para canalizar la rabia humana se formó. El puño duro como una roca y su dedo medio alzado en el gesto fálico internacional. Era tal la circunstancia, que el destino encontró el momento preciso para mostrar su cruel humor. Su toalla se deslizó hasta el piso. El cuadro era el siguiente: un escritor desnudo, alzando el dedo del medio y gritándole a un papel en el suelo. En ese momento, el mundo conspiró a favor de la anécdota. Se abre la puerta de entrada, que no estaba cerrada con llave por una terrible coincidencia, y la arrendataria queda contemplando la escena de par en par. Silencio. Lo único que faltaba era una bola de maleza de esas que se arrastran en las películas del oeste. La señora cerró la puerta murmurando una disculpa con una voz que mezclaba el enojo con el que venía y la vergüenza que la invadía. Salió dejando al escritor con su mundo. Se apoyó con la espalda en la pared, sonrojada. Luego de ver a su inquilino a la par de Adán decidió, sonriendo picarona, extender en un mes el plazo para que pagara sus arriendos atrasados.

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