Cuento del taller: Anónimo

Para el viernes de la semana pasada debíamos escribir una historia de tipo “dantesco” o “kafkiano” ya que el tema de conversación giró en torno a cómo un escritor puede lograr un estilo tan potente que él mismo se convierte en un adjetivo. Así escribí un cuento para reflejar lo dantesco de la vida y la supervivencia en la calle.

Por cierto… ¿cómo sería un cuento “bruniano”?

Anónimo

Era una relación de amor y odio la que tenían con el río aquellos niños. Para ellos, era el único padre adoptivo al que podían aspirar. Pero así como los acogía, bajo el puente, también los castigaba. ¿Por qué? No lo sabían. Algo de malo debía haber en su sola existencia que los hacía dignos de castigo. No había tiempo para preocuparse por eso, el agua se estaba subiendo. Cada vez que llovía pasaba lo mismo. Llovía por algunas horas y entonces llegaba la inundación de golpe. Como si alguien hubiera estado juntando el agua para luego soltarla. Y ellos retrocedían y retrocedían hasta quedar con la nuca pegada al puente. Cuando el agua les llegaba a los pies, sabían que la cosa se estaba poniendo fea. Había que salir y buscar otro escondite hasta que el agua se tranquilizara.

Ese día, salieron a la calle corriendo hacia las veredas atestadas de personas que se movían presurosas con sus abrigos largos, paraguas que chocaban, maletas llenas de papeles importantes, haciendo llamadas y salpicando agua al pasar con sus zapatos firmes e impermeables. Todo se reducía a la cruel dicotomía de empujar o ser empujado, y era siempre en esa misma dicotomía que los brazos malnutridos salían perdiendo y eran arrastrados por la voluntad de esa bestia gris que se contorsionaba sobre el pavimento.

Antes de poderlo notar, uno de los niños había quedado solo. Estaba en una esquina y no se veía a ninguno de sus compañeros alrededor. El agua hacía que la ropa se le pegara al cuerpo y le pesara al caminar. Y sería peor si se quedaba ahí. Miró alrededor mientras intentaba calentar sus manos en sus axilas y vio que al otro lado de la calle se abría un estrecho callejón en el que se podría refugiar. Una señora pasó a su lado dispuesta a cruzar ignorando el semáforo como hacían todos los peatones en ese tránsito caótico. Motivado por ella, también se lanzó a la calle corriendo. A duras penas, con la lluvia golpeándolo en la cara, logró llegar detrás de ella. Tan concentrado estaba en correr que no lo notó venir. Un camión venía en línea recta hacia ellos, y aunque los vio, frenar fue inútil en una calle cubierta de agua. La señora quedó aplastada ahí mismo en medio de la calle. Por capricho de la geometría, el niño salió volando para caer bajo un automóvil estacionado. Los pocos que se detuvieron al ver el accidente, contaron luego en sus casas que habían presenciado la terrible muerte de una señora. El niño quedó ahí tirado. Curiosamente, la lluvia no caía sobre él.

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