Orden

La furia se respiraba aún en el ambiente. Las habitaciones ahora carentes de vida estaban cargadas con nubes de humo que se deslizaban silenciosas. Las estampas de sangre en las paredes seguían frescas y se caían pequeños pedazos de concreto ante la menor vibración. El suelo estaba cubierto de cartuchos de bala, armas y cadáveres del ejército privado al que se habían enfrentado sus camaradas. Aunque la palabra “camarada” le sabía mal, porque el jamás había sujetado un arma.

Su misión era sencilla. Debía cargar con una maleta y dejarla en una habitación de esas que habían sido “purificadas” hace algunas horas atrás. Luego debía acercarse al punto de extracción y llegarían a buscarlo. Entonces todo habría terminado y no tendría que involucrarse jamás en otra situación como aquella.

Mientras se adentraba en el edificio, el olor a muerte lo golpeaba en la cara. Le hubiera gustado tener una de esas mascarillas que tenían la mayoría de los cuerpos en el suelo, pero resistió a la tentación de quitársela a alguno. La verdad es que no soportaba acercarse a los muertos. Le daban un asco terrible. Pero ya quedaba poco para llegar a la ubicación indicada según el mapa que tenía en el bolsillo así que no era momento de quejarse. No le habían dado ningún aparato electrónico con la excusa de que podía ser detectado de alguna forma. Pese a que el camino era sencillo, sentía que un GPS le hubiera dado mucha más confianza. Sacó el polvoriento mapa una vez más y confirmó su posición mirando alrededor el edificio que irradiaba un aire fantasmal. Debía caminar hasta el final del pasillo, virar a la derecha y ahí vería la habitación en la que debía depositar la maleta. Lo guardó y empezó a caminar con los ojos bien abiertos. Pensó en encender la linterna, pero la luna llena se filtraba por las ventanas de cristales rotos y le mostraba el camino. Unos pasos lo separaban de la esquina. Se pegó al muro. La ansiedad lo hacía escuchar sus propios latidos en todo el cuerpo. Con la espalda pegada a la pared se asomó. Nada. No había nada que se moviera en todo el edificio además de él. Le hubiera gustado que al menos hubiera algo como un ratón, o que se escuchara el ladrido de un perro a lo lejos, pero nada. El edificio estaba completamente muerto. El tiempo mismo parecía muerto.

Salió al último recodo de pasillo que debía recorrer. Al fondo había una puerta doble destrozada. Sus pasos eran casi tan rápidos como su respiración e inundaron de sonido aquel frío lugar. Se detuvo un momento ante la puerta. Pegado al fondo de la pared había una persona, o al menos lo que quedaba de ella: le habían volado la mitad de la cabeza con una escopeta. Tragó saliva y avanzó con unos pasos lentos sintiendo que su estómago iba a reventar. La instrucción era dejar la maleta pegada a la pared de al fondo y así lo habría de cumplir. Al final la dejó al lado de los “restos” y se apresuró en dar media vuelta y salir de esa habitación. Miró hacia atrás y todo seguía tan quieto como una fotografía.

Ya con el objetivo principal de su misión completa, se apresuró en salir. El punto de extracción estaba en el centro del patio, al que se llegaba por una salida en el pasillo que acababa de recorrer. Había un gran espacio abierto con una cancha de básquetbol al medio. Curiosamente no habían cadáveres en el sector, aunque habían algunos rastros de explosiones y paredes demolidas. Al salir se metió las manos en los bolsillos y se encogió dentro de la chaqueta. Pese a que en el edificio las ventanas estuvieran rotas, afuera el frío se sentía con mayor intensidad y su respiración se veía convertida en pequeñas nubecillas blancas.

Como no tenía otra indicación más que esperar en el centro del patio, se acercó a la cancha y se sentó en medio. Según como se veía el cielo, debería ser la una de la madrugada. En menos de veinte minutos deberían venir a buscarlo.

Se entretuvo contando las ventanas, mirando al cielo, intentando escuchar algún rastro de viento, pero todo le parecía muerto. Hasta se paró algunas veces a patear piedras alrededor para asegurarse de que el tiempo seguía corriendo. Y entonces se daba cuenta de que el tiempo pasaba más de lo que debería. Había pasado como una hora desde que llegó ahí y aún no lo venían a buscar. Se empezó a impacientar. Un escalofrío le recorrió la espalda y empezó a sentir que un sudor helado le acariciaba la piel. Se paró y se apoyó en el pilar de uno de los aros de la cancha y se puso a mirar en todas direcciones. Ni siquiera le habían dejado un cigarro.

De pronto sentía que cualquiera de los cuerpos que había visto se podían parar e ir a buscarlo. Quizás alguien se hubiera logrado esconder y hubiera sobrevivido hasta entonces y viniera por él. Quizás alguna de las almas en pena viniera a buscar la suya. Que estupidez. No era supersticioso y estaba pensando en almas en pena. Pero no se podía quedar tranquilo. Se pasaba los dedos entre el pelo e imaginaba que las cosas se movían. Sintió angustia por no tener un arma. Según lo que le dijeron, no la necesitaría. Pero sentía que todo sería mejor con una al lado.

La angustia lo empezaba a acosar pese a que nada se movía en todo el edificio. La única cosa “viva” era la luna que avanzaba describiendo un arco silencioso en el cielo. Ya debían haber pasado un par de horas desde la hora de la extracción. A él le había parecido un día entero. “Me vendrán a buscar. Lo prometieron.” se repetía para sus adentros, pero no podía evadir la idea de que algo se iba a mover desde dentro del edificio. Algo lo miraría.

Decidió entrar. Su única referencia a su misión era la maleta, así que se dirigió a ella sintiendo como si debiera confirmar que nadie la hubiera movido. Esta vez el pasillo se veía más oscuro que antes, por lo que prendió la linterna. Todo estaba igual. Al menos en el mismo lugar, pero con un aspecto más angustiante. Cuando apuntó hacia el fondo de la habitación, vio el mismo cadáver, en la misma posición, con el mismo pedazo de cabeza faltante, y la maleta en el mismo lugar en el que la había dejado con anterioridad. Avanzó lento, mirando a lado y lado como si alguien lo acechara. Lo mismo. Todo estaba en el mismo lugar.

Se arrodilló frente a la maleta, conteniendo las arcadas que le producía el hedor de su acompañante. Aún pese a la peste, se puso lo suficientemente cerca para apoyar su mano sobre ella. La sintió fría y áspera, pero al menos se sintió más animado. Era una evidencia de su propia presencia en ese lugar. Por un momento se cuestionó sus contenidos. Jamás le dijeron qué es lo que debía dejar en ese lugar ni por qué. Él sólo obedecía órdenes. Pero en ese momento sintió el deseo de abrirla y ver lo que había dentro.

Titubeó un momento. La maleta no tenía ningún seguro más que el botón para abrirla. Dejó la linterna en el suelo y la tomó con ambas manos. En el momento en que presionó el botón se escuchó un “clic” y a lo lejos ladró un perro. La maleta se abrió.

Lo último que vio fue una luz roja parpadeante. La misión había sido todo un éxito.

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