Microcuentos X

Poco antes de fin de año cumplí mi meta de escribir 100 microcuentos durante el año. Había olvidado publicarlos aquí. Pero como debo cumplir, aquí los dejo. Para leer los microcuentos apenas los voy escribiendo, pueden pasar por mi Tumblr: http://a-buen-entendedor-microcuentos.tumblr.com/

Pronto juntaré los primeros 100 microcuentos en un libro en PDF que quedará publicado aquí para ser descargado libremente.

 

-¿Te quedarás hasta que me muera? -dijo él, tendido en la cama-. Creo que me queda como mucho un día.

-Estaré aquí contigo.

Se quedó con él una noche, dos noches, semanas.

Al mes, él le contó de su piedra filosofal. Ella se quedó de todos modos.

Contaron hasta la última estrella.

Microcuento lento y paciente

Le gustaba encerrarse en la biblioteca a leer unos cuantos párrafos al azar de “El Guardián entre el Centeno”. Particularmente le llamaba la atención porque en 1914 aún no había sido escrito. Esperaba ansioso a que Salinger naciera, para tener alguien con quien comentarlo.

Microcuento con prognosis

El viento le sacudía las alas mientras se esforzaba por llegar a tierra firme. Conseguiría un poco de comida y seguiría hasta cumplir su misión. Debía sobrevivir costara lo que costara.

Por fin logra alcanzar la gran muralla de cristal. Se frota las manos planificando su siguiente paso.

Un matamoscas le arrebata los sueños.

Microcuento reventado en la ventana de la cocina

“Nos vemos en la noche” fue lo último que le dijo cuando se despidieron aquella mañana. Al volver, la encontró colgando de un tabique del techo con sus pies a centímetros del piso. “Nos veremos esta noche, tal como te dije hoy” pensó.

Era una curiosa escena la que fue encontrada días después: dos cuerpos colgando del techo y un villancico sintético sonando desde el árbol de pascua.

Microcuento para leer en año nuevo

Llevaba un par de meses saliendo con una stripper.

-No mezclemos lo sentimental con lo laboral… -dijo ella con voz temblorosa cuando se fue a vivir a su departamento-.

Él asintió con una sonrisa. Quizás era el único que no había visto su cuerpo desnudo, pero también era el único que sabía que ella dormía con un pijama de dinosaurios.

Microcuento con pantuflas

Es una historia tan pequeña que no cabe en un libro. No cabe en un párrafo ni en una oración ni en una palabra ni en una letra.

Se rumorea que es una historia más allá de los ambientes, los narradores, los personajes, los verbos.

Se rumorea que en algún punto suspensivo yace encerrada esa historia…

Microcuento hipotético

-¿Estás bien? -le tendió una mano viendo que estaba en el suelo.

-Estoy bien -respondió mientras sujetaba la mano que le tendía. -¿Estás bien tú? – añadió, dándole un pequeño tirón en el brazo.

Perdió el equilibro y cayó. Quedaron sentados uno al lado del otro. Ambos se quedaron en silencio por un momento mirando los automóviles pasar.

-Si cierras los ojos, puedes pensar que parece un río -dijo uno de los dos.

Fue un momento extraño, pensó el otro. Pero no estuvo mal.

Microcuento en una calle sin semáforo

Empezaba otra pelea en el bar. Un tipo fortachón con unas cuantas cicatrices en la cara rompe una botella contra la barra y apunta al otro con lo que queda de vidrio en su mano. El otro retrocede y empieza a discutirle a gritos. La gente los rodea y se escuchan las frases clásicas que incitan al pleito. El fortachón de las cicatrices se acerca desafiante blandiendo el pedazo de botella en el aire. El otro retrocede ansioso vociferando.

-¡Hijo de puta! -le grita el otro al fortachón.

En ese momento el fortachón se enrabia, intenta murmurar algo y deja caer el pedazo de botella, resignado. Con el ceño fruncido sale del bar dándole un empujón en el hombro a su contrincante para que lo dejara pasar.

Algunos de los que me contaron esta historia, decían que el fortachón tenía los ojos brillantes cuando abandonó el lugar.

Microcuento de cuna

El teatro estaba repleto. Un cuchicheo agitado recorría el salón cuando ella se paró frente al micrófono. Sus manos temblaban y un sudor helado le recorría la espalda. La gente se empezó a callar luego del sonido de los pequeños golpes para probar el audio. Ella mira de lado a lado, asustada. Las palabras no le salen. Siente que miles de ojos se clavan en su cara y que su boca no se abrirá.
Entonces lo ve. Allí, al fondo, el mago le dirige una sonrisa maliciosa antes de escabullirse por la puerta entreabierta. Ese mismo mago que le acababa de robar la voz…

Microcuento serial

 El emigrante llevaba años huyendo de la historia. Un día, de estrellas rutilantes y brisas tímidas, decide empezar de nuevo.

Toma sus recuerdos rotos y empieza a enterrarlos uno a uno:

Un pedazo en el fondo de una canción de fogata.

Un pedazo como cuento escrito en una banca.

Un pedazo como poema en un baño público.

Un pedazo como servilleta manchada de papas fritas.

Un pedazo como noche de sexo sin condón.

Un pedazo metiendo los pies en el río.

Y entonces sus ojos se liberan. Con el espíritu vacío (o lleno, dependiendo del observador) logra ver la ruta. Encuentra el precipicio por el que se desborda el mar y se pierde el mundo. Se para en el límite. Mira hacia el vacío sonriendo.

Antes de saltar, escribe una palabra en el borde:

FIN

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