Hielo

Morí en la era del hielo.

Morí ahí mismo donde murieron todos los otros.

Azotado por los martillos monótonos y el hedor de desear espejos, fui asesinado.

Bajo el golpe brutal de las gigantografías con tu cara, que también es la cara de él, de ella y mía.

Asfixiado por la cáscara de seda,

por la velocidad y el cristal polarizado,

estrangulado por mis manos que ya no eran mis manos.

Caí derrotado así como caían todos,

con las manos estiradas hacia adelante,

con los pies atados por cadenas de oro,

y la saliva cayendo a chorros de hambre infinita.

 

Los muertos se amontonaron a mi alrededor.

Los que agonizaban pasaban sobre ellos pisándolos.

Un cadáver se comió a otro, y luego éste fue devorado por unos cuántos más.

Yo yacía ahí entre ellos, muerto, pero mirando.

Morí con los ojos abiertos, condenados al paisaje.

Escuchando los gritos de sus caras sonrientes,

contemplando su baile agonizante y su mirada perdida.

 

Sentí un crepitar de fogata, a lo lejos.

Me arrastré, congelándome, empezando a sentir mi propio olor a muerte.

El suelo se empezó a volver de fango y amenazaba con devorar los cuerpos que yacíamos ahí tirados.

Criaturas esbeltas se acercaron con palas y empezaron a cubrir de tierra los muertos que me rodeaban mientras sonreían.

Me seguí arrastrando, con los ojos implorando por fragmentos de luz ante la noche sin estrellas que se asomaba.

Sentí el fuego aún más cerca.

Me arrastré y los vi.

Criaturas famélicas cubiertas de hielo mirando una llamarada de concreto, mientras la voz del fuego se repetía en un disco que no paraba de girar.

Con las pupilas dilatadas y una sonrisa rígida contemplaban a su dios de piedra.

Mi pecho se empezó a derretir.

Mis manos y mis pies se empezaron a quebrar.

El hielo me empezó a cubrir.

Mis ojos se cerraron de asco y me convertí en otra estatua de hielo.

 

Me sumergí en la tiniebla absoluta.

Mi piel se había ido.

Me sentía como una esencia de líquidos volátiles flotando en el viento.

Oí voces que eran muchas y eran una, y que me llamaban.

Venían de todos lados y bailaban a mi alrededor.

Hablaban en lenguas extrañas, como voces de río o como nacimiento de estrellas.

Me empecé a sentir rodeado de calidez.

Me volvía pequeño.

Sentía las voces alejándose.

Me llamaban.

La calidez era placentera.

Sentía que podía haberme quedado ahí por la eternidad.

Pero las voces me llamaban y se alejaban.

Yo quería oír las preguntas que me hacían esas voces.

Mi voz se alzó llamándolas.

La calidez desapareció.

 

Y entonces el hielo se rompió y ahí estaba yo, acostado contra el suelo de piedra.

La luz me hizo arder los párpados y pude sentir la tibieza real del sol sobre mi piel descubierta.

Sentí cómo la sangre se volvía a poner en marcha en mi cuerpo hasta ahora inerte.

Con un crujir de cristales, mi pecho se empieza a llenar.

Mis labios se abrieron trémulos pronunciando un vapor helado.

Contemplé mis manos.

Estaban vacías.

Contemplé mi cuerpo.

Estaba desnudo.

Me puse de pie sintiendo el suelo húmedo por el hielo derretido.

El aire matutino entraba por mi nariz y volvía a salir tibio, al compás de un corazón aprendiendo a latir.

Vi siluetas que se movían en la lejanía del horizonte.

Me hicieron señas.

Quise conocer a esas siluetas y oír su voz.

Empecé a avanzar.

 

Ahora aquí estoy.

Caminando.

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