Cuento: Allí, donde caen las balas

El sol ya había alcanzado la altura suficiente y empezaban los balazos rutinarios. Como un eco habitual, se escuchaban los sonidos deslizándose entre las estrechas calles descritas por muros blancos y avejentados. Gente empezaba su día común, el pan se ponía en la mesa, uno que otro canturreaba en la tina y otros se vestían para ir al poco trabajo que había en el pueblo. Y las balas. Esas balas que se habían vuelto una melodía propia del paisaje y que todos los días iniciaban y cerraban el ritmo, de la vida en ese pequeño pueblo y del sol que los visitaba con su calor estridente. Balas que ya se habían vuelto tan naturales como el día mismo y que se disparaban a intervalos irregulares desde la pared norte del pueblo hacia el enemigo que los más jóvenes ni si quiera conocían.

“Así es la guerra” explicaban los mayores cuando los jóvenes preguntaban por los disparos que se hacían desde la pared, “dejan de dispararle un día al enemigo y no sabes lo que nos pueden hacer”. Luego, esos mismos mayores de explicaciones vagas se marchaban a trabajar en sus panaderías, sus tiendas, sus talleres, y dejaban a los pequeños dedicados a jugar con alguna pelota o un trapo que pudieran pillar por ahí hasta que olvidaran esas preguntas casuales por el enemigo invisible.

Los militares, como rutina, se preparaban apenas empezaba a clarear. Tomaban sus rifles, se cubrían tras las bolsas de arena y apuntaban hacia el horizonte difuso. Apenas se daba la señal, siempre a la misma hora, eran libres de disparar al ritmo que estimaran conveniente. Cuando el sol se ocultaba, a una hora precisa, los disparos cesaban instantáneamente. Al día siguiente, era el turno de otro grupo para tomar las armas.

La táctica les daba resultados, o al menos ellos disfrutaban presumiendo de eso. Hace años que no habían detectado rastros del enemigo. Pero como no podían poner en riesgo la seguridad del pueblo, seguían disparando día a día, con el temor de que a cualquier descuido los pudieran sorprender. Al menos ya tenían algo claro, el enemigo no atacaba de noche, lo que les servía para reponer fuerzas durmiendo y seguir atentos al día siguiente.

Esas calles polvorientas habían acogido a un par de niños abandonados nadie sabe por quién, nadie sabe cuándo y que crecieron nadie sabe cómo. Vivían siempre recorriendo esas calles por el día, alimentándose de la caridad, o de cualquier cosa que quedara casualmente (y a veces no tan casualmente) al alcance de sus manos. Su pasatiempo favorito era recorrer. En ocasiones juntos, en ocasiones separados. A veces uno escalaba casas y caminaba por los techos y el otro correteaba siguiendo gatos, otras veces se escondían bajo los puentes en los que no quedaba más que un rumor de lo que antes fue un río. En ocasiones corrían cada uno por un pasillo y se encontraban de un golpe en la intersección para luego reír tirados en el suelo.

Algunos días subían a la torre más alta del pueblo y se acostaban a mirar el atardecer. Se quedaban ahí, boca abajo, mirando el sol esconderse mientras sonaba el eco de las balas. Les gustaba ese lugar porque los disparos producían un sonido curioso que no se escuchaba a la altura normal del pueblo.

-Oye, Poria -preguntó él, durante una de esas tardes en la torre.

Ella le hizo un gesto de pregunta con las cejas a Kumari.

-¿Qué pasará cuando las balas se acaben?

Poria miró hacia adelante apoyando el mentón sobre las manos.

-No lo sé. ¿Por qué crees que se acabarán?

-De repente me llegó esa idea a la cabeza. Las cosas se acaban. Si te fijas, cuando suena un disparo se escucha como un golpe y luego el sonido va disminuyendo hasta desaparecer. También pasa allí abajo, cuando te comes un pan el hambre se acaba, pero si comes mucho, se acaba el pan.

-No lo había pensado. ¿Acaso no nos atacará el enemigo entonces?

Kumari meditó un momento en silencio.

-¿Y si al enemigo se le acaban las balas también?

-Quizás las balas caen en algún lado. Como cuando vamos a lanzar piedras al cielo y por más fuerza que hagamos, siempre caen en alguna parte -explicó Poria, haciendo gestos con las manos-.

-¿Se podrán recoger las balas que ya fueron lanzadas?

-Si son como las piedras, deben estar tiradas en algún lado.

-No me había puesto a pensar en eso… ¿Dónde irán a caer? Desde aquí sólo veo el desierto.

-Imagino que lejos -dijo Poria alargando la e-.

En ese momento se quedaron ambos en silencio con la vista puesta en el horizonte que se diluía en curvas extrañas por efecto del calor. Pasó un rato y Kumari habló:

-¿Y si vamos a buscar dónde caen?

-¿Qué?

-Eso mismo. Vayamos a ver si encontramos el lugar en el que caen las balas. Quizás podamos traer unas pocas.

-¿Y cómo piensas que podemos llegar si siempre están disparando?

-No siempre. Durante las noches no se dispara. He visto que todos los militares se van a dormir. Y parece que el enemigo también. Ahí se puede salir porque no queda nadie en la puerta de entrada.

-¿Y si nos perdemos?

-Podemos llegar hasta dónde ya casi no se vea el pueblo y luego volver.

-No lo sé… Me asusta un poco. Además tú caminas más rápido que yo -Poria habló en voz baja-.

-Está bien. Mañana en la noche iré y te contaré lo que encuentre. Quizás me demore si encuentro algo interesante. Después te vengo a buscar y partimos juntos.

A Poria pareció gustarle la idea. Así se quedaron conversando otros temas hasta que el sol se escondió, la ciudad se sumergió en el silencio y se fueron quedando dormidos en el mismo lugar.

Cuando Poria despertó con los primeros disparos, Kumari ya no estaba. Él ya se había ido a buscar provisiones para su viaje. Por el mediodía había conseguido una bolsa con un par de frutas y una manta para protegerse del frío nocturno. A la mitad de la tarde se encontró con Poria que caminaba lento mirando hacia todos lados como si se hubiera perdido.

Se sentaron juntos en una plaza a comer algo. Kumari hablaba poco. Se notaba en su cara la ansiedad del viaje que se acercaba. Poria movía sus pies hacia atrás y hacia adelante mientras colgaban de la banca en la que estaban.

-Vas a volver, ¿cierto? -dijo Poria con voz temblorosa.

-Obvio que sí. Te tengo que venir a buscar.

Poria se quedó en silencio un rato mientras seguía moviendo sus pies como si fueran el péndulo de un reloj.

-Toma -le dijo a Kumari, mientras le entregaba una manzana que tenía en las manos-. Por si te da hambre.

Él la tomó, la miró, sonrió y la metió en su bolsa. Poria miraba ligeramente hacia el lado contrario.

Ya cuando el sol se empezaba a esconder, Kumari partió hacia la salida norte del pueblo. Con su manta bajo el brazo izquierdo y su bolsa de frutas colgando de la mano derecha se sentó a esperar que los militares abandonaran el lugar. Así, como varias veces había observado, apenas llegó la hora de término dejaron de disparar, pusieron sus rifles en el suelo y abandonaron el lugar, cada uno yendo por su propio camino. Además, la puerta que llevaba a las bolsas de arena estaba abierta de par en par.

Pasados unos minutos, se amarró la manta alrededor del cuello, se colgó la bolsa de frutas al cinturón y salió tranquilamente caminando por la puerta.

La tierra fuera del pueblo era más dura y levantaba menos polvo al pisarla. Incluso se veían algunas fisuras que le hacían recordar la forma en que se quebraban los huevos que a veces tomaban de la feria. Poria se reiría por la comparación. Caminó un trecho largo hasta que ya no quedaban rastros de sol y la luna se alzaba brillante en el cielo sin nubes. El pueblo se empezaba a ver pequeño. Iba siempre con la mirada hacia abajo viendo si podía encontrar alguna bala entre las piedras grises que rompían la monotonía del camino.

El cielo ya se había vuelto de un azul oscuro y profundo, adornado con puntos blancos que parecían bailar, cuando notó que empezaban a ser menos las piedras que encontraba. En ese momento se detuvo y giró para mirar hacia atrás. Del pueblo apenas se veía una mancha blanca y tuvo que entornar la mirada para distinguirlo bien. Por un momento pensó en volver, pero no se sentía satisfecho aún.

-Avanzaré un poco más. No creo que me vaya a perder.

Mientras avanzaba, las piedras iban siendo cada vez menos, la tierra empezaba a tomar un color más oscuro, no quedaban grietas y un olor extraño se empezaba a meter por su nariz. Empezó a acelerar el paso por la curiosidad. Cuando se dio cuenta, estaba subiendo una pequeña colina y se detuvo de golpe ante el paisaje que apareció frente a él cuando llegó a la cima.

Un manto verde cubría el suelo. Primero se veían pequeños rastros de pasto cerca suyo y más lejos se veía el terreno completamente cubierto sin dejar ningún espacio de tierra a la vista. En el pueblo había un poco de pasto, pero era generalmente una cosa amarillenta y sin mucha energía. La primera impresión lo sobrecogió. No pudo evitar una inhalación profunda que le hizo temblar el pecho. Se puso a caminar sintiendo que con cada paso la tierra se iba volviendo más blanda. Los zapatos le molestaban, así que se los quitó. Miraba con atención todas las cosas que iban apareciendo a su alrededor: arbustos, flores cerradas y un bosque a lo lejos. Pequeñas brisas de viento hacían que la escena entera se moviera suavemente.

Contemplando todo lo que había a su alrededor, mientras el viento mecía suavemente su manta, se acercó al bosque. Los árboles llenos de hojas parecían saludarlo. Apoyó la mano en un tronco y sintió que la corteza tenía vida, no como esos árboles que parecían de piedra en el pueblo. Tras avanzar un poco encontró un árbol que le pareció fácil de escalar y subió. Sin mucho esfuerzo logró llegar a la copay pudo ver a lo lejos. En ese momento una ráfaga de viento le dio en la cara e hizo que se le resbalara la manta. Casi no le prestó atención, porque lo que tenía ante él era hermoso. Kilómetros y kilómetros de verde se escondían detrás de los árboles. Encontró un espacio abierto un poco más cerca y se bajó para ir hasta allá. Lo recibió un lago. Un verdadero lago. No como esos charcos de agua café que habían en el pueblo, sino que lleno de agua transparente en la que sumergió los pies. La sensación de frescura era maravillosa. Se le erizaba la piel con cada cosa nueva que observaba. Pensó en Poria.

-¡Esto sí que le va a gustar!

Anduvo otro rato más paseando, escuchando sonidos de pequeñas criaturas que se escondían entre las ramas y las piedras, disfrutando cada aroma que le acariciaba la cara, cuando recordó a lo que vino: las balas. Se preparó para volver.

Intentando recordar el camino por el que llegó, fue buscando la salida del bosque mientras miraba el suelo intentando encontrar algún rastro de lo que pudiera venir en los disparos. No encontraba nada. Así estuvo largo rato hasta que se acabaron los árboles y pudo ver a lo lejos sus zapatos tirados. Se puso a caminar en esa dirección cuando sus pies descalzos sintieron algo duro. Se agachó para recogerlo y encontró una bolita negra. Eso era lo que buscaba. Apretándola fuerte en la mano se puso los zapatos y emprendió el camino de regreso.

El cielo ya había tomado un tono más claro y las estrellas empezaban a ser sólo recuerdos. Kumari sujetaba fuertemente lo que acababa de encontrar e intentaba recordar las imágenes y sensaciones que había experimentado, imaginando la cara que pondría Poria cuando le contara y cuando la trajera. Ansioso, empezó a acelerar el paso. Sentía que la emoción lo llenaba amenazando con empezar a salírsele por los poros. Se puso a correr. El sol ya empezaba a adquirir el color con el que se despertaban por las mañanas. Fue entonces cuando oyó el primer disparo. Se escuchó a lo lejos, pero lo suficientemente fuerte para causarle un sobresalto. Sintió un escalofrío. Sus ojos se abrieron grandes como diciendo “¡Esperen! ¡Aún no llego!”. Empezó a moverse más rápido, nervioso. Otro disparo, esta vez más cerca. Otro y otro. El pueblo ya empezaba a tomar forma en la lejanía. Sujetando fuertemente la bolita negra con una mano y con la otra la bolsa de frutas que colgaba de su pantalón, empezó a correr a tropezones. De un momento a otro todo se empezó a volver borroso. Un dolor intenso se apoderó de su pecho. Miró hacia abajo: sangre. Quería seguir corriendo. Todo era muy rápido para entenderlo. Dio un par de pasos más y cayó de lleno en el suelo. Lo único que atinó a hacer fue apretar bien la mano que sujetaba la bala mientras la bolsa de frutas caía lejos. Lo último que logró ver fue una manzana roja que cayó a metros de su cara y los ojos brillantes de Poria que se la entregaban.

Poria despertó un rato después de que los disparos hubieran empezado. Sentía los ojos irritados y tenía la sensación de haber soñado algo importante que no podía recordar. Fue a buscar algo para comer y a media tarde volvió a sentarse sobre la torre esperando a Kumari. No aparecía. Sentada con la cara entre las piernas pensó que le podía haber llegado un disparo.

-No puede ser… Kumari me dijo que volvería a buscarme.

Esa misma noche decidió partir a buscarlo. Intentaba imaginar que Kumari había encontrado algo interesante que lo retrasó y que lo verían juntos cuando lo alcanzara.

Días después, Poria recorre el bosque con una bolsa atada al cinturón y cubriéndose con una manta que encontró enredada en un arbusto. En su bolsa lleva una bolita negra.

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