Microcuentos VII

La última escena que recordaba era la sala del hospital, la familia llorando y él agonizando. Ahora esperaba sentado en el camarín a que llegara el informe con la próxima vida que le tocaría. -¡Maldición!- exclamó, habiendo leído que en esta vida le tocaría morir en una balacera. – Estúpido trabajo que fui a elegir. Menos mal que me quedan un par de miles y me puedo dar unas vacaciones.
Las vacaciones consistían en empezar una vida conservando sus recuerdos.

Microcuento escrito tras el escenario.

Ella era una gringa mal traducida. Un falso cognado engañoso.
Él era un arcaísmo. Unos puntos suspensivos y ninguna exclamación.
Eran un oxímoron cuando andaban de la mano. Al menos así lo era para los analfabetos de su dialecto.
Ellos se sonreían mutuamente dentro de su semiología secreta.

Microcuento de lengua.

-¿Qué haces? -le preguntó el papá a su hijo que agitaba con dificultad la caña de pescar.
-Trato de atrapar la luna.
-¿Por qué?
-Porque si se va, se va a llevar las estrellas y la noche otra vez.
El papá lo miró un momento y entró a la casa. Minutos después llegó con otra caña de pescar. Se quedaron lanzando anzuelos hasta quedarse dormidos de agotamiento.
Soñaron con estrellas.

Microcuento azul oscuro.

En la casa antigua sus pasos hacían ecos que parecían diluirse en la profundidad de los pasillos. Vientos zigzagueantes le susurraban tragedias antiguas al oído y amenazaban con extinguir las tenues llamas de los candelabros. Las maderas avejentadas parecían advertirle con su crujir…
Pero él necesitaba saber si los rumores eran ciertos. Algo le decía que el temor de los campesinos no era infundado y que peligros terribles acechaban el pueblo.
Todo le quedó claro en el momento en que esos ojos dorados se abrieron a centímetros de su cara y pudo respirar ese aliento caliente y vaporoso.
Su única declaración fue la mirada perdida de sus pupilas dilatadas y sus manos temblorosas.

Microcuento olvidado tras un bosque.

Un día salí tan apurado que olvidé mi cuerpo.
Junto a él olvidé la vanidad, el deseo y el rencor.
Pero también perdí el recuerdo, sus voces y sus manos.
Todos los días me pregunto qué gané.

Microcuento indefinido.

El alquimista fabricaba hombres de tierra. Les daba vida y los dejaba encerrados en su taller durante las noches.
En cierta ocasión, se le quedó la ventana abierta mientras la lluvia caía dibujando delgadas hebras que nacían en el cielo y se disolvían en la calle.
El alquimista no se explicaba cómo fue que los hombres de tierra caminaron hacia su muerte cuando encontró los montones de barro afuera de la casa.
Los hombres de tierra no se explicaban qué criatura podía tener tan grande cabellera plateada.

Microcuento de la obra roja.

-¿Tienes fuego? -le preguntó ella con un cigarro en la mano.
-En mis pantalones hay fuego.
-¡Degenerado! -respondió con brusquedad, para luego marcharse.
-Pero…
A las horas después lo encontraron muerto, con quemaduras de quinto grado.

Microcuento ardiente

Las manos que se metían debajo de su blusa asegurándole un aumento de sueldo ya se habían vuelto insoportables.
Un filo metálico le devolvió el respeto que había perdido.
Pensó en lo triste que es que los vivos tengan que cargar con las manchas de sangre.
Con la cabeza gacha se puso una blusa nueva.

Microcuento laboral.

-Tienes cara de microcuento- le dije.
-¿Cómo?-
-Así- contesté, y le di un beso.
Ella me miró con cara de microcuento.

Microcuento en la cara

Ella lo descubrió: cómo ser feliz con un eyaculador precoz.
La clave estaba en hervir agua y rellenar el envase.
Iban a la cama, se desvestían, terminaban.
En ese momento, una sopa instantánea los esperaba lista sobre la mesa.
La compartían.

Microcuento express.

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