Microcuentos IV

Parece que me estoy empezando a resfriar – pensó, porque tosió y escupió un huevo.

Microcuento clínico.

Ese día, el cielo estaba tan bajo que bastaba estirar las manos para poder tomar un poco.
Aprovechó para echarse unas cuantas nubes y un par de estrellas al bolsillo.
Por si acaso.

Microcuento esporádico.

Desde años infinitos que el universo era así. Llovían personas grises, todas cayendo en una perfecta vertical.
Cansado de todo, se subió al árbol más alto y le tomó la mano a alguien que iba cayendo.
Se miraron en colores.
Se habían domesticado.
Al fin eran los suficientes para crear un planeta.

Microcuento vertical, vertiginoso y bidireccional.

“¿Me lleva por 100 pesos?” preguntaba mirando por la ventana, esperando que fuera tan fácil como con los tíos de las micros.
Apretaba fuerte la moneda en su mano, intentando que las esperanzas se le empañaran más lento.

Microcuento de abandono.

“Una espada bien afilada puede convertir un asesinato en una obra de arte. Es el único consuelo que nos queda a los que nacimos en estas épocas sangrientas.” murmuraba el samurai mientras bebía su té arrodillado sobre el tatami.
Con su katana bajo el obi soñaba con poder educar a sus hijos con frases diferentes.

Microcuento del período Sengoku y de otros más.

Le contaron que toda la realidad era un sueño del Rey y que si lo despertaba, todo desaparecería.
Ella no tuvo miedo.
Fue hasta sus aposentos y lo despertó de un beso.
Así, de ahora en adelante, él también la soñaría despierto.

Microcuento sin lápiz labial.

Se le quebraba la piel, con el viento en la cara.
Se le quebraba la piel, con las manos heladas.
Se le quebraba la piel, por un poco más de piel.
Un poco más de piel para quebrar.

Microcuento de cartón.

Era común ver al Señor de Pelo Gris ir todos los fines de semana a sentarse en la banca de la plaza a recordar sus historias de juventud.
Siempre, en la misma banca, contaba en voz baja sus historias en blanco y negro.
Le gustaba esa banca porque le prestaba atención y de vez en cuando le hacía una que otra pregunta.
“¡Es una banca muy simpática esa que me espera en la plaza!” pensaba a menudo.

Microcuento senil.

En un lado del mundo, ellas luchaban por el derecho a descubrirse la cara.
En el otro extremo, ellas se cubrían la cara en medio de la lucha y las lacrimógenas.
Y en algún punto entremedio, ellas aún luchaban contra el polvo que se acumulaba entre los muebles.

Microcuento curvilíneo.

Era el niño más feliz del barrio con sus zapatillas nuevas. Corría más rápido y saltaba más alto que ningún otro.
Después de la escuela, lo sorprendió una tormenta con una lluvia terrible.
Él era un buen niño y estaba consciente del esfuerzo de sus padres.
Cuando ellos lo vieron llegar a la casa, todo mojado y solamente con los calcetines cubriéndole los pies se les hizo un nudo terrible en la garganta y sólo atinaron a abrazarlo fuerte.
Él mantenía una sonrisa inocente porque sabía que las zapatillas en su mochila no se habían mojado.

Microcuento del niño que corría más rápido.

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