Microcuentos III

Mirando sus restos repartidos por el suelo, se dio cuenta de que la muerte era algo inventado para asustar a los niños.
Pero nadie iría a recoger esa cabeza tirada en un potrero.

Microcuento de Homicidio.

Ella sabía que se había equivocado al elegirlo a él. Para olvidarlo, el truco era, al montarse, apretar bien las caderas, cerrar los ojos y hacer mucho ruido.
Sus orgasmos eran su llanto sin lágrimas.

Microcuento pélvico.

Por eso escuchaba música en idiomas que no sabía.
Porque disfrutaba imaginar que esas palabras desconocidas traían los significados que buscaba.

Microcuento políglota.

Luego de su día ajetreado, lleno de estrés y peleas, el niño pequeño que venía sentado frente a él en la micro le sonrió.
En un acto de valentía, él le sonrió de vuelta.
Esa fue su revolución.

Microcuento de microrevoluciones.

Él dijo que se prendería con las movilizaciones estudiantiles y las causas sociales.
Al día siguiente apareció quemándose a lo bonzo frente a La Moneda.
Se prendió… fuego.

Microcuento literal.

Intentó escribir la revolución a punta de sablazos.
Pero cuando miró hacia atrás y vio el mar rojizo de cadáveres, se dio cuenta de que no quedaría nadie que le diera sentido a su cruzada.

Microcuento sin sentido.

Él, para hacerla reir, fingiendo ser un vampiro se apareció por su espalda y le mordió el cuello.
Ella, confundiéndolo con un hombre lobo, lo reventó a balas de plata.

Microcuento de medianoche.

A punta de cuchillo cortacartón vagaba en las noches por las calles escoltado por sus malas palabras y amenazas.
Buscaba con desesperación a alguien que se comportara como un padre y le dijera que lo que hacía estaba mal.
Pero claro, nadie vería eso a través de esa cara cortada.
Por eso seguía buscando.

Microcuento de calle.

Nunca se habian visto antes. Pero en el rincón de esa carpa, entre esa nube de polvo, sacrificaron el anonimato a cambio del cielo del desierto.

Microcuento manouche.

Cuenta la leyenda que un día fue interpretada la canción más preciosa del mundo.
Para nuestra mala suerte, sólo la oyeron unos cuantos borrachos al fondo de una cantina.

Microcuento con unas copas de más.

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