Microcuentos II

Al fin tenía el papel que certificaba su doctorado en las manos. Pensó que todas esas horas lejos de la familia, esas horas encerrado, esas horas sin tiempo para nadie, empezarían a tener sentido. Pensó que todo su duro trabajo sería recompensado con creces.
Más tarde, su hija, mostrándole un papel le preguntó: “Papi… ¿me dibujas un perro?”
Tomó el lápiz y se dió cuenta de que posiblemente sus prioridades habían estado mal enfocadas.

Microcuento sobre lo triste de no saber dibujar perros.

Dios se demoró demasiado en existir. Como venganza, los humanos inventaron los diccionarios.

Microcuento antropocéntrico.

Se sentía un olor extraño en la sala de clases. No era desagradable, pero era extraño.
Nadie sabía que en los días de lluvia, antes de llegar a la escuela, disfrutaba caminar sin zapatos sobre el barro.
Luego, escondía su secreto dentro de esos calcetines gastados.

Microcuento de días lluviosos.

Cuando vio que su hijo se paraba frente a él y le decía que iba a seguir la carrera que soñaba y no la que ellos querían, descubrió otro significado oculto en las teorías de la relatividad del tiempo: “Hay personas que crecen más rápido que otras.”

Microcuento metafísico.

Ella dormía, desnuda, con el rostro hacia la pared.
Él, aprovechándose de la situación, le hizo un dibujo con el dedo en la espalda.
Jamás se imaginaron que esa sería la última poesía.

Microcuento para antes de dormir.

Tras el anonimato de los teclados, sin cara, se decían los infinitos “te quiero”.
La vida era tan irónica que todos los días los hacía caminar el uno frente al otro sin saber que eran los confidentes de la pasión recíproca.

Microcuento de teclas sin ojos.

– Todo va a salir bien – le dijo, mientras le desabrochaba la blusa.
Pero todo no salió. Algo quedó dentro. Algo que en nueve meses más los haría decidir si bien o si mal.

Microcuento fetal.

El profesor estaba harto. Los alumnos no se callaban y tiraban bolas de papel a su espalda mientras él escribía y escribía y una nube de tiza se formaba a su alrededor.
-¡Suficiente! – gritó – ¡Me voy a mi planeta!
Y habiendo dicho eso, salió volando por la ventana.

Microcuento no muy pedagógico.

– ¡Contra la pared! – gritó el uniformado mientras apuntaba su rifle.
Contra la pared, así mismo como mis papás me hicieron.
Contra la pared, así mismo es como me anuncian que no naceré.

Microcuento sobre los tiempos de represión.

Un día, el gobierno decidió cobrar por palabra. Cada palabra escrita o hablada, se cargaba a la cuenta de los humildes contribuyentes. A cambio, el gobierno ofrecía seguros contra el tartamudeo, las muletillas y la mala ortografía.
El gobierno jamás vio venir tan tremenda revolución. Un mar infinito de palabras reprimidas estalló, sumió al país en una crisis y destrozó la economía.
No tuvieron palabras para describir la situación.

Microcuento sobre los modelos de mercado.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s