Cuentos: Último Comando

Las manos de metal excavaban la tierra con un fervor casi humano. Buscaba, luego de siglos, el cuerpo de a quien alguna vez llamó padre. Sentía algo extraño, algo similar a lo que los humanos llamaban miedo. Una paranoia destructiva, un caos en sus estructuras cognitivas, la falta de algo que desconocía.

Necesitaba saber cómo podía evitar su propio fin. Quizá en ese momento odió su programa de supervivencia tan prolijamente desarrollado, pero, pese a ello, no podía huir a su involuntario deseo de seguir. Debía evitar su propio fin.

Fue creado por la mera ansia humana de crear, de sentirse superiores creando algo superior. Pero era simplemente algo que ellos creyeron superior. ¿Superior a qué? Los antiguos pensaban con números: si un número que medía algo era superior a otro número midiendo lo mismo, entonces el primero era superior. Tenían un pensamiento tan binario y axiomático, y “él”, si es que podía considerárselo una persona, era el resultado de ese pensamiento. No tenía la culpa, él simplemente cumplía las funciones que le fueron asignadas: se movía, reaccionaba al entorno, reconocía objetos, reconocía ambientes, aprendía… sí, aprendía. Sabía todo lo que los humanos en algún momento quisieron meter en sus desaprovechados cerebros. Conocía toda la historia escrita sobre la humanidad, todas las leyes descubiertas de la naturaleza, hablaba casi todas las lenguas humanas, recordaba, relacionaba… aprendía… sí, aprendía.

El problema empezó cuando el aprendizaje encontró un límite. Sus circuitos de aquel material considerado unas miles de veces superior al silicio lograban retener casi todo lo imaginable, recordaba todo, contenía todas las pautas cognitivas posibles, los análisis más complejos jamás imaginados por su creador, pero no era suficiente… El caos empezó el día en que el chequeo registró la memoria usada en un 99.9%. Generalmente, la memoria era expandible. Cada una apreciable cantidad de años hacía una pequeña ampliación de memoria que duraba mucho tiempo antes de tener que hacer otra. Pero ya era demasiado. No había donde hacer otra conexión. El instalar una nueva placa de memoria implicaba el remover alguna zona que considerara no importante. El problema es que le enseñaron a recordar todo, no a olvidar. No sabía si olvidar como se podaba un arbusto, o si olvidar que idioma hablaban las tribus de los bosques del norte, o si debía dar un paso con el pie izquierdo o el derecho al empezar a caminar, o con cuánto dinero se compraba un automóvil… debía recordarlo todo.

Por primera vez, se logró volver loco a un robot. Le habían enseñado a resolver todas las paradojas posibles conocidas. Pero esto era completamente nuevo para él. No tenía a quien preguntarle qué hacer, pues él lo sabía todo.

Su desesperación lo llevó ahí. Decidió buscar a su padre, a quien lo diseñó y programó. El problema era que su padre no era un robot, era un humano, y los humanos acostumbran a morir luego de muy poco tiempo. No se preocupó por la probabilidad estadística casi nula de encontrar una solución en el cadáver de su arquitecto, pero era al único al que podía recurrir. Por eso cavaba…

Por fin sus fríos dedos dieron con algo firme. Despejó la tierra que cubría el ataúd. Entonces levantó la tapa y gritó “¡Padre!”.

No había nada… nada más que tierra revuelta con polvo y raíces… Ya no quedaba nada de lo que alguna vez fue llamado humano en él, ni si quiera un pelo, la ropa que traía o un pedazo de hueso… nada.

Se quedó mirando en silencio. El único sonido que se oía era el del viento contra su epidermis de metal. Aprovechaba los pocos recursos que le permitían funcionar. Había estado limitándose para ahorrar su memoria hasta tener una respuesta. Pero ya era inevitable, cada milisegundo de sus ciclos de reloj se almacenaba en su memoria, la cuenta regresiva era imparable. Entonces, fue ahí, en la tumba de su padre, donde lo entendió todo. Entendió por qué morían los humanos. Entendió por qué su vida era tan corta y tan aparentemente trivial. No era trivial, eso fue lo último que descubrió. El que la vida terminara hacía que los humanos se esforzaran por darle un sentido.

Entonces utilizó los últimos recursos de su sistema para ejecutar la última orden. Se oyó un suave chirrido por un par de segundos. Cuando se detuvo, había reducido todo su disco duro a un sólo número… cero. Entonces se dejó caer sobre la tierra y el polvo.

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